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¿Qué me fascina de Adolfo Kolping?

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Cada uno de nosotros, mis estimados amigos Kolping, debe estar en condiciones de dar una respuesta a esta pregunta.

Al reflexionar intensamente acerca de la vida y del trabajo de Adolfo Kolping, se nos presentan muchas facetas: maestro, educador, autor y editor, teólogo.

Muchas de las cosas que Adolfo Kolping escribió y dijo a lo largo de su vida, nos fascinan aún en la actualidad. Sin embargo, puedo decir que, para mí, la mayor fascinación parte de aquello que hizo y de su modo de hacerlo.

Por eso quisiera reflexionar hoy junto con ustedes, estimados amigos Kolping, acerca de aquello que más me fascina de nuestro beato fundador:

Adolfo Kolping no era un "resignado". No se encogía de hombros. Nunca decía: "No hay nada que hacer." Nunca se le escuchó decir: "Eso es así y no va a cambiar." Quien observe la vida del beato Adolfo Kolping una y otra vez se encontrará con estas características: En él no hay resignación, él no se deja llevar, él no abandona.

A lo largo de su vida, Kolping sin duda habría tenido razones suficientes para resignarse. Todos nosotros conocemos las etapas de su vida y sabemos, cuantas veces tuvo que juntar fuerzas una y otra vez para poder seguir su camino y continuar su obra, primero cuando era joven, luego en los primeros años de su sacerdocio y después como asesor eclesiástico ya avezado.

Tomémonos hoy un poco de tiempo para reflexionar acerca de todas estas características. Observemos primero el carácter infatigable de Adolfo Kolping (tal vez en esta comunidad aún haya muchos que todavía no tengan mucha información sobre la vida de Adolfo Kolping).

Ese carácter infatigable de Adolfo Kolping se nota ya en su juventud (no es previsible que ese niño - nacido el 8 de diciembre de 1813 como hijo de un pastor en el pueblo de Kerpen - tenga la posibilidad de llegar a convertirse en un santo).

Ese carácter se pone de manifiesto ya en su adolescencia: No quiere seguir siendo zapatero, por lo menos, no toda la vida. Las posibilidades de su espíritu le piden más. Rápidamente, el joven Adolfo comprende que la educación constituye la base que permite ampliar el horizonte de la propia vida, pero la educación tiene un costo.

La educación no solo costaba dinero (por supuesto había que pagar aranceles escolares), sino que también el deseo de ir a la escuela y cursar el bachillerato luego de haber aprendido el oficio de zapatero exigía un gran esfuerzo (seguro que al veinteañero le costaba muchísimo sentarse en clase al lado de adolescentes de trece y catorce años estudiando las mismas asignaturas).

Pero, una vez que en su cabeza se instala un objetivo, Adolfo Kolping no se deja apartar del camino. Su perseverancia y su fuerza de voluntad lo llevan a terminar el bachillerato y a emprender los ansiados estudios teológicos.

La ordenación sacerdotal y su primer cargo como vicario en Elberfeld son los acontecimientos decisivos en la vida de este hombre joven. Durante sus estudios, aún pensaba en seguir una carrera académica. En Munich y Bonn conoció a teólogos famosos. Disfrutaba de los debates teológicos y bien podía imaginarse a sí mismo siguiendo una carrera docente en la universidad.

Pero Dios interviene en la vida del joven sacerdote y Adolfo Kolping escucha lo que Dios le dice. Una vez más, su vida experimenta un vuelco de modo inesperado (y milagroso).

Mis estimadas hermanas y estimados hermanos, entre tanto, no deberíamos perder de vista nuestra pregunta inicial: "¿Qué me fascina de Adolfo Kolping ?" Y una vez más quisiera repetir mi respuesta: ¡Adolfo Kolping no era un "resignado"! En su vida, pone en práctica un dicho que él mismo forjará más adelante: "Las necesidades del tiempo les enseñarán lo que deberán hacer".

En Elberfeld no se necesitaba un teólogo de alto nivel. No se buscaba un especialista en derecho canónico desbordante de argumentos, ni un filósofo de gran intelecto. La gente buscaba sacerdotes capaces de abrir los ojos y ver las necesidades. Aunque hay que reconocer que lo uno no excluye lo otro. Las personas necesitaban pastores que reconocieran sus necesidades y que pusieran manos a la obra para cambiar su desventura.

Eso era lo que movía al joven sacerdote: Cambiar la desventura de las personas.

Por eso, nunca se lo vio encogerse de hombros, desalentado. Nunca se le escuchó decir: "No tengo otras posibilidades". No se cuenta de él que alguna vez hubiera desviado la vista o hubiera huido. Él fue quien reconoció de un modo único las necesidades sociales y espirituales y puso manos a la obra para enfrentarlas. Y justamente eso es, mis estimadas hermanas y estimados hermanos, lo que quiero decir con la afirmación de que Adolfo Kolping no fue un "resignado".

No se quedó inmóvil al ver las carencias y afligirse por el dolor del mundo con sus maldades y sus tentaciones, sino que emprendió acciones con todas sus fuerzas para subsanar esas carencias. Por eso, nuestro Papa Juan Pablo lo llamó: "Modelo y guía para la Iglesia".

Cien años más tarde, en la década del sesenta del siglo XX, la mirada de las Familias Kolping recayó en la gran cantidad de personas que vivían en el - así llamado por entonces - "Tercer Mundo". A fines de la década del sesenta se estableció la primera Familia Kolping como grupo de autoayuda en Brasil. Siguieron muchas acciones y muchos proyectos en América Latina, Africa, Asia y luego también en Europa del Este. En todos los continentes, las Familias Kolping desarrollaron muchos programas sociales y laborales, desde asociaciones de ahorro, pasando por proyectos de construcción de vivienda, hasta la creación de nuevas posibilidades de formación y capacitación. Pero, según la voluntad del Beato Adolfo Kolping, las Familias Kolping no deben perder de vista la dimensión espiritual de nuestra fe. Tanto en la oración comunitaria y en la celebración litúrgica en comunidad como en la ayuda práctica para resolver los problemas de la vida cotidiana, los hermanos y las hermanas Kolping deben asistirse y ayudarse los unos a los otros. Esa es la visión, muy tradicional pero a la vez muy moderna, para las Familias Kolping del mañana.

Estimadas hermanas y estimados hermanos, Adolfo Kolping dedicó toda su fuerza de trabajo y su espiritualidad a la construcción de una sociedad mejor, porque "mejores personas crean una sociedad mejor".

Si él hace 150 años hizo todo lo que estaba a su alcance para que sus jóvenes artesanos aprendieran un oficio honesto y llegaran a ser esposos y padres de familia buenos y confiables, si a Adolfo Kolping le importaba que esos jóvenes llegaran a ser católicos activos, conscientes de su responsabilidad y por eso comprometidos con su sociedad, entonces ese concepto no ha perdido nada de su actualidad en la sociedad moderna.

Sin duda, una de las frases más conocidas de Adolfo Kolping dice: "El amor activo sana todas las heridas, las meras palabras sólo aumentan el dolor". La profundidad de estas palabras se puede explicar mediante una anécdota: Un sabio judío les pregunta a sus discípulos: ¿Cómo se puede determinar el momento en que termina la noche y comienza el día? El primer discípulo le responde: Cuando se puede distinguir a la distancia una higuera de una palmera. La respuesta del segundo discípulo es: Cuando puedo distinguir una oveja de una cabra. Hasta que finalmente, el mismo rabí da la respuesta: Cuando miras a una persona a la cara y reconoces en ella al hermano o a la hermana, entonces termina la noche y comienza el día.

Mis estimadas hermanas y estimados hermanos, nosotros los cristianos no sólo somos juzgados por lo que hacemos sino, sobre todo, por la correspondencia entre nuestras palabras y nuestras acciones. Somos juzgados por la forma en que nos tratamos entre nosotros. Nuestra vida debe basarse en el Evangelio de Jesucristo. Ninguno tiene derecho a vivir a costa de los demás. Todos están invitados a compartir la mesa de la humanidad, cada uno debe recibir lo que por derecho le pertenece.

Adolfo Kolping fue un hombre de acción y de palabra. No se detenía en lamentos por la maldad del mundo y de los hombres o por las circunstancias adversas. El lema de vida de Adolfo Kolping era: Arremangarse la camisa, poner manos a la obra, colaborar, asumir responsabilidad. Estas también son las virtudes que distinguen a un hermano o una hermana Kolping en la actualidad.

Podemos aprender de Cristo qué es lo que quiere decir esto. Si prestamos atención al modo en que trataba a las personas, nos encontraremos en el camino correcto:

Se acerca a las personas.
Se detiene ante ellas.
Se toma tiempo para ellas.
Les mira a los ojos.
Les transmite su confianza.
Las toca.

Cuando Jesús mira a un mendigo, le concede importancia. Y eso es algo, estimadas hermanas y estimados hermanos, que a los mendigos rara vez les sucede.

Revisemos entonces una vez más como nos comportamos con nuestra mirada: Fijémonos cuándo aprovechamos la oportunidad para desviar la mirada, para mirar al suelo o pasar por alto a alguna persona con nuestra mirada. Aprendamos de Jesucristo y de Adolfo Kolping, qué quiere decir mirar a las personas que padecen necesidad, concediéndoles importancia.

Y hay aún otra cosa que podemos aprender de Jesús: No se mantiene distante como la gente que se cree importante. Quien padece necesidad y se dirige a él, encuentra en él a un interlocutor. Encuentra a alguien que escucha las pequeñas y las grandes preocupaciones. Encuentra a alguien que toma en serio las necesidades y los problemas de los niños, de los paralíticos, de los sordos, de los cobradores de impuestos y de los fariseos. Cristo no conoce excusas, no se refugia en el pretexto de la falta de tiempo, ni se corre por serle algo demasiado molesto.

Jesús no se mantiene al margen: Se involucra, y así los obstáculos y los callejones sin salida se convierten en nuevos horizontes y nuevas posibilidades para las personas.

"El amor activo sana todas las heridas, las meras palabras sólo multiplican el dolor": Adolfo Kolping pone en práctica el lema de su vida 1.800 años después de Cristo.

Déjenme mencionar un último punto que, para mí, brilla destacándose por sobre muchos otros.

Adolfo Kolping veía la vida como una tarea que había que resolver. Más exactamente se puede decir: Adolfo Kolping quería que sus jóvenes amigos concibieran la vida como una oportunidad que había que aprovechar, y esto no sólo para cambiar y mejorar la propia vida, sino para contribuir a transformar la vida de la sociedad. Pero eso no se logrará, a no ser que estemos dispuestos a regalar un poco de aquel amor del que Cristo nos dio un testimonio ejemplar.

Jesús fue capaz de entregarse, dando su vida porque se sentía amado por su Padre.

Estimadas hermanas y estimados hermanos:

El amor da fuerzas, el amor da coraje. Y no hay mayor amor que dar la vida por los amigos.

Recordemos una vez más la pregunta que el rabí les planteaba a sus discípulos:
¿Cuándo la noche cede paso al día?

"Cuando miras a una persona a la cara y reconoces en ella al hermano o a la hermana, entonces termina la noche y comienza el día."

Esto lo vivió el beato Adolfo Kolping dándonos así un testimonio ejemplar.
 
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